
Ya lo advertía Calamaro al inicio del show: “Foietes, me gusta el nombre del estadio”. Y en efecto, como si se tratara de un guiño premonitorio hacia unos cuantos, la noche pudo resultar más bien romántica para quien optó por escuchar las cuatro horas de concierto desde lo más sombrío del césped, agazapado -y acompañado- bajo los focos, donde sólo llega el eco sordo de la multitud y una ligera visión de lonas proyectadas allí donde tenía que haber una portería. Letras y ritmos puros, para sentir, para escuchar. Porque a estas alturas resulta indiscutible que Calamaro y Fito podrían haberse dedicado a la literatura, a la poesía, a la pintura o a la danza (ya no en el caso de Andrés); pero eligieron la música como forma de expresar su arte, y esa es una circunstancia que, en conciertos-maratón como el del sábado en Benidorm, adquiere su máximo esplendor con canciones que golpean el alma a 100.000 watios, donde se percibe la magnitud y trascendencia de sus obras. ‘El gordo’ y ‘el flaco’, como muchos apodan ya a los dos músicos, por razones obvias, desde que ambos estrenaran la gira ‘Dos son multitud’ el pasado 6 de julio en Getafe, son capaces de mantener durante cuatro horas bajo los focos a casi 20.000 personas -e incluso a procurar a otros la llama de las velas e incienso perfumado allá donde nadie mira-, haciéndoles saltar con canciones que, en cualquier otro contexto, dejarían los pies clavados en la arena. En un panorama musical que venera simples voces que leen canciones, reunir a dos artistas con mayúsculas de la talla del argentino y del de Bilbao parece casi una llamada desde el más allá: la música de verdad aún vive, en castellano nunca ha muerto. Pura esperanza, pura realidad.
Benidorm acogía el concierto con la extraña contradicción de reunir, en verano, a amantes de estos dos músicos tan poco entendidos fuera de nuestras fronteras con turistas venidos de dentro y más allá de ellas. Pero la mezcla apuntaba maneras desde el principio, cuando tras la media hora de retraso de rigor, el público levantó sus copas del césped a las 22.30 horas para saludar a la decena de músicos que, junto a Fito Cabrales y Andrés Calamaro, entonaron ritmos comunes para mezclar ambas voces. “Quiero ser una estrella” daba paso a “No se puede vivir del amor”, con los dos artistas ejerciendo de anfitriones de sus respectivas letras y permitiendo soltar las amarras a su compañero de viaje, cuando a Andrés le tocaba interpretar a Fito y cuando éste versioneaba las canciones del bajito músico con gorra.
Tras 20 minutos conjuntos, a Fito le tocaba el turno de escuchar a Andrés desde los camerinos, mientras el argentino desenfundaba con una selección de temas elegidos, y sobre todo cantados, de forma completamente sui generis. Pocos artistas pueden tener la suerte o la desgracia que Calamaro lleva adosada a su voz: su vida personal aprisiona con cuerdas y esposas su faceta musical. Ahora ha sido padre, y éste es un dato que, referido a cualquier otro músico, formaría parte de otra crónica rosa cualquiera. Pero en el caso de Andrés, es preciso conocerlo para entender esos kilos de más, esa potente -y casi desconocida- voz entregada a matices improvisados, esos bailes a lo Julio Iglesias que acompañaban cada uno de sus temas en directo en la localidad alicantina. Compuso las más de 100 canciones de “El Salmón” con el alma rota, paseó su desamor con “Negrita” o “Flaca”, y se ha vuelto a encontrar a sí mismo gracias a una vida plena, dejando atrás, de paso, viejos vicios olvidados. Y como reivindicándose a sí mismo, a ese nuevo estado vital que le lleva, por primera vez en mucho tiempo, a desear volver a casa, cantó desaforado temas que muchos de sus seguidores ni siquiera sabían tararear, como “Horarios esclavos” o “Lo que no existe más”, perdidos entre la amalgama que cantaba el argentino contra la corriente en el quíntuple disco. Hubo también espacio para que el estadio en pie se uniera con una voz infatigable a algunos de sus éxitos, algunos más recientes como “Corazón en venta” -la única canción que sonó de “El palacio de las flores”, su último disco-, u otros más clásicos como “Te quiero igual” o “Loco”. Pero lo cierto es que quedó en el aire cierta sensación de que quedaron por sonar muchas mejores canciones del argentino. Es lo que tiene haber compuesto más de medio millar de canciones, uno debe cansarse de tocar siempre las mismas.
Llegó el turno de Fito y sus fitipaldis, y los gritos del público se acallaron en un bando y despertaron en otro, como tras un gol en un partido de fútbol, dando un soplo de aire fresco a la música de Foietes. Fito demostró estar en auténtica forma y una calidad musical que quedaba resumida en la selección de sus mejores temas, que brindó insaciable al público de Benidorm. Parece que el mejor Sabina tiene sustituto, este pequeño rockero que se pierde de vista entre la mayor estatura de sus compañeros, esos que convierten su música en un lujo para ser oído. “Por la boca vive el pez”, “A la luna se le ve el ombligo”, “La casa por el tejado”, “Soldadito marinero”… sus canciones suenan a poseía narrada, a palabras que despiertan sentimientos escondidos. Y aunque no es difícil desgranar sus mejores temas de los que no lo son tanto, los primeros bien valen ya el precio de la entrada. Fito ha crecido como artista y tiene un sello inconfundible y propio que deja en todo lo que toca. Y en concierto, resulta espectacular, vivo, apasionado, divertido, integrador. Salió a comerse el césped y, siguiendo con el argot del balón, fue el jugador del partido. Desborde, técnica, clase, soltura, juventud… Lo tiene todo para marcar una época. ¿O lo está haciendo ya?
Tras más de tres horas de concierto, se unió a la fiesta, para dar el último colofón, un Calamaro excesivamente eufórico -lo que haría en el backstage, un misterio… o no-, que junto al de los Fitipaldis transmitió al estadio su entusiasmo desbordado con cuatro temas a dúo. Al grito de “Alta suciedad”, y tras agradecer mil veces al público la entrega, acabó el concierto, entre voces de un público que pedía una prórroga o llegar incluso a los penaltis. Pero ya no había ni juego ni fuelle en Foietes a las 2:30 horas de la madrugada. Después de todo, se vivió un partidazo de Primera en un estadio acostumbrado a ver encuentros perdidos en las últimas páginas de los periódicos. Música para los oídos. Y el césped, para cambiar.
Firmado: Álex Rubio
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