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Artículo escrito el 26 de octubre de 2008, bajo la categoría Crónicas.

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Queen en el Palau Sant Jordi

Palau Sant Jordi de Barcelona, 22 de Octubre de 2008, 21:30 horas.

Supongo que todo el mundo, alguna vez, se ha parado a pensar (o lo ha hecho en movimiento) a qué lugares o momentos históricos le gustaría retroceder si tuviera una máquina del tiempo. Yo tengo mi lista, y entre experimentar el desembarco de Normandía (como aliado, por supuesto) y ver a Jesse Owens dejar en ridículo a los nazis en las Olimpiadas del 36, situaría el concierto que Queen brindó en Wembley allá por el 86. Obviamente, como nunca se inventará dicha máquina temporal (si no ya nos hubieran visitado del futuro) hay que conformarse con rememorar tales eventos mediante simuladores (o sea, videojuegos) o visitando páginas web como youtube. O simplemente conformarse con lo que hay.

“Es lo más cerca que voy a estar nunca de escuchar un concierto de Queen”, repetía mi hermano conforme nos acercábamos al Palau Sant Jordi. Y es verdad que no era un concierto puro de Queen, obviamente… pero menos da una piedra. Son Brian May y Roger Taylor, dos bestias, y un tipo al que sólo recordábamos por tener aquel éxito con Free, poniendo la voz (pero no sustituyendo a Freddie). Sin duda era lo más cercano a un concierto puro de Queen, mucho más que, por ejemplo, un musical hortera basado en sus canciones.

Dentro del recinto, con una cerveza en la mano y un bocadillo de salchichas blancas con cebolla, esperábamos el inicio del concierto mientras la megafonía animaba el ambiente con éxitos clásicos del rock (muchos de ellos interpretados por Queen en aquel concierto de Wembley). No estaba lleno. La grada de enfrente estaba cerrada, y arriba en los laterales totalmente vacío.

Se apagan las luces y en la pantalla gigante que encabeza el escenario se proyecta una especia de lluvia de estrellas y meteoritos que recordaba a un salvapantallas de Windows 95, acompañado de un sonido algo extraño compuesto por ¿cantos de ballena?… Tras este extraño inicio por fin aparecen las principales figuras del grupo inmersas en una espesa humareda blanca. Una inconfundible silueta de rizada melena y piernas largas golpea las cuerdas de su guitarra y se adelanta por la pasarela que penetra en la masa del público que ruge extasiada. Es Brian May que al borde del abismo levanta el puño, a lo Freddie.

Hay que recordar que aunque lo más esperado del concierto eran las interpretaciones de los éxitos de Queen, también se presentaba el nuevo álbum de Queen + Paul Rodgers. Conforme me sucedían las canciones uno se podía dar cuenta de que todo el carisma del grupo recaía sobre el (nuevo) líder de Queen, Brian May. Los sonidos de su guitarra eclipsaban la voz de Paul Rodgers, que incluso en algunas canciones apenas se le oía, bien por el protagonismo del guitarrista o por la poca fuerza del cantante. Sí, ya se sabe que las comparaciones son odiosas, pero añado, y si son con Freddie Mercury son abominables. Paul Rodgers ya avisó que no era una sustitución, si no una aportación de su propio estilo. Pero la voz de un barítono es difícil olvidarla.

Supongo que no todo el mundo se atreve a ocupar un puesto tan legendario como la voz de Queen, pero ¿no hay nadie mejor? ¿alguien más cercano al estilo de Mercury? Durante el concierto no podía dejar de recordar las colaboraciones de George Michael en aquel concierto (orgasmo múltiple en el minuto 3:45) conmemorativo.

Llega un momento en el concierto que incluso parece que May y Taylor hayan decidido despedir a Rodgers durante la actuación, ya que son ellos los que se encargan, al borde de la pasarela, en solitario (uno después del otro) de cantar dos temas clásicos de Queen. Llega entonces uno de los grandes momentos de la noche. Brian May, se arma con su guitarra española, y comienza a tocar el tema “Love of my life”, un tema que, como en aquel concierto en Río de Janeiro, pero a pequeña escala, canta, en gran parte, el público. Hay canciones, que aunque no esté Freddie, son sagradas, y esto parece tenerlo claro Brian May, quien no se la cedió a Paul Rodgers, y que magistralmente supo interpretar.

Y ya puestos seguimos enumerando los grandes momentos de la noche, porque Roger Taylor también tuvo sus minutos de gloria, al borde del abismo, rozando a las masas y brindándoles con el espeso aroma de su esfuerzo, marcando un solo de batería que iba construyéndose por piezas (con la ayuda de un anónimo del staff). Al acabar, el bullicio ensordecedor del público disimulaba el suspiro de agotamiento del batería, provocando algún que otro comentario entre los asistentes: “Éste se nos muere”.

Entre los momentos inolvidables la multitud podía calmarse mientras el grupo interpretaba los nuevos temas, canciones que, al menos en principio, no estaban a la altura de los éxitos que esa noche estábamos recordando, y que corrían el riesgo de adormecer al público.

Entonces Brian May decide recurrir a otro hito inolvidable procedente de 1986, de nuevo de ese concierto en Wembley. Un solo de 10 minutos calcadito a aquel que hizo vibrar al público inglés, merendándose el escenario de punta a punta, perdiéndose entre la nube blanca de humo… Brian May es una bestia musical. Un mito.

Más tarde muchas canciones esperadas hicieron su aparición, como el “We will rock you” o el “We are the Champions” (que sin celebrar algún título deportivo, la verdad es que pierde un poco de gracia), pero el gran tema, la madre de todos los temas de Queen estaba por llegar.

¿Qué pasa con “Bohemian Rapshody”? Paul Rodgers no había terminado de convencer. Se defendía bien con su estilo, e incluso nos brindó el éxito que tuvo con Free, “All right now”. Pero “Bohemian Rapshody” es otra historia, es un tema demasiado personal para Queen… ¿Quién iba a interpretarlo? ¿May? ¿¿Taylor??… Ninguno de los dos. Una canción como aquella sólo podía salir de la boca de una persona.

May comenzó a tocar los primeros acordes del tema y la gran pantalla mostró el intérprete encargado de erizar los pelos de cada asistente, de atar nudos marineros en la garganta y dejar escapar alguna que otra lágrima. Era él, el propio Freddie Mercury. Su voz era acompañada por el sonido en directo de la guitarra de Brian May, quien permanecía en el centro del escenario, alumbrado por un foco cenital, como si el propio Mercury arrojara desde el cielo un destello hacia su viejo amigo, como si en ese momento no hubiera nadie más en el recinto, tan sólo ellos dos. En ese momento supe que había estado equivocado todo el tiempo, supe que tanto análisis sobre la identidad del grupo había sido inútil… porque durante los minutos que duró esa canción me di cuenta de que realmente había retrocedido en el tiempo, de que Normandía y Jesse Owens podían esperar, porque estaba disfrutando, por fin, de un auténtico concierto. Por fin estaba viendo a Queen.

Firmado: Raúl Salazar

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