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Artículo escrito el 11 de diciembre de 2009, bajo la categoría Crónicas.

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Quién tuviera los cuarenta y veinte de Joaquín

564287 Quién tuviera los cuarenta y veinte de JoaquínA sus cuarenta y veinte años. Después de su ‘Marichalazo’ (ictus cerebral) y su ‘nube negra’ (depresión). Con una voz desgarrada por los excesos, aunque nunca ha sido un portento, y un físico cada vez más maltrecho. Con su traje y su bombín. Con Pancho Varona, Antonio García de Diego, como siempre, y cuatro músicos espectaculares, Joaquín Sabina no defraudó a nadie. El Palau de Congressos de València, lleno hasta los topes –incluso con gente de pie en las escaleras-, vio las más de dos horas y media de concierto que ‘el maestro Joaquín’ ofreció en su regreso a València, más de cuatro años después de la última vez. Fue un ‘show’ repleto de nuevas canciones, con muchos temas del nuevo disco, que mostró a un Sabina renacido que enseñó su variedad de bailes, si es que a esos movimientos extraños se les puede llamar así (tampoco le pediremos que encima baile bien). Eso sí, se pudo ver al cantautor (que tiene poco de cantante y mucho de autor), mucho más dinámico que en la última gira en solitario y muy similar al que llenaba estadios en su último ‘tour’ con Joan Manuel Serrat, en el que ellos mismos se reían y burlaban de sus estados físicos, pero en el que el catalán mostró mucho más deterioro por el paso de los años.

El público, (en algunos sectores y momentos soso, quizás por las características del recinto, que como su nombre indica es un Palacio de Congresos, tampoco es el recinto del FIB) pudo echar en falta algún ‘discursillo’ del maestro, pero no fueron necesarios. Más de 30 canciones que sonaron en directo y sus habituales sonetos de presentación de los músicos y de la ciudad, saciaron la avidez de Joaquín de los presentes. Además, en defensa del poeta de Úbeda, cabe decir que tan solo olvidó la letra de una canción de su último disco, aunque los más observadores vieron como diversas pantallas camufladas en el escenario servían de karaoke en algunos temas y composiciones poéticas. Asimismo, en muchas de las canciones se vio al cantautor natural de Úbeda, pero afincado en su querido Madrid, protegido tras diversas guitarras. ¡Dejen ya de matar a Joaquín Sabina por favor!

Mención especial merecen los músicos que le acompañaron en un humilde escenario, sin grandes montajes, que simulaba el tejado de una ciudad, que perfectamente podría ser València, y donde a lo largo del concierto las luces de los edificios y del cielos fueron representando el día y la noche, acompañando al ‘tempo’ del concierto, día-noche-día. A los ya conocidos Pancho Varona (al que le presenta alegando que “siempre llevo un imperdible que reza Pancho Varona” y que cantó en solitario Donde habita el olvido) y Antonio García de Diego (“que se pasa cuando no llego, pero va como una moto” y que deleitó al público con Amor se llama el juego, pero que tocó el piano, la guitarra, el acordeón y lo que hizo falta), que le sacaron de su depresión y que le hicieron volver a componer.

A los dos fieles escuderos, se suman Marita Barros, excelente corista que compensa la voz desgastada del cantautor, con unas afinaciones imposibles y que tiene su momento de lucimiento personal en Y sin embargo, además de ser ‘piropeada’ constantemente por el artista principal, que no duda en ‘meterle mano’ incluso en tres ocasiones. En las guitarras más rockeras la formación cuenta con Jaime Asúa, fundador del grupo Alarma y que estuvo allí “con su Fender y su voz”, tal y como le presentó Sabina, que le hicieron incluso cantar Llueve sobre mojado. Asimismo, en la batería “ya les hubiese gustado contar con él a Camarón y BB King” Pedro Barceló y en los instrumentos de viento, teclados y muchas cosas más, Josemi Isagaste, completaron un elenco perfecto para la esperada velada, en la que no faltó de nada, ni siquiera alusiones a los trajes de Milano, que “por supuesto me ha regalado José Tomás”, ironizaba el propio Sabina, jugando con su conocida afición por el torero de Galapagar y el sastre que, presuntamente, confeccionaba los trajes que, supuestamente, recibió como regalo el, probablemente, president de la Generalitat.

El recital comenzó con una canción enlatada, en este caso el tema del nuevo disco Vinagre y Rosas, El Blues del Alambique, sonaba en la megafonía del recinto mientras los músicos iban tomando posiciones entre los aplausos del público. El último en salir fue Pancho Varona, disfrazado de Blues Brother con un ánimo que no decayó durante las dos horas y media, y comenzó a tocar los acordes de Tiramisú de Limón, primer single del recién estrenado trabajo y que desembocó en la aparición de Sabina en el escenario saludando a los ocupantes de las primeras filas. Como siempre, ataviado con su bombín, pero eso sí con un traje y sin corbata.

Tan solo separadas con un ‘Bona nit València’ le siguieron a este tema, casi en el mismo orden del nuevo disco, Viudita de Clicquot y Parte Meteorológico abrían un concierto en el que los asientos ya comenzaban a sobrar para algunos, pese a la tranquilidad de la música, todos sabemos que Joaquín no se especializa en música ‘marchosa’. Medias negras y Aves de paso fueron las dos primeras canciones más de su repertorio tradicional, ambas de la década de los 90 y precedieron al tema Que se llama soledad, esta aún más antigua. Posteriormente, Lo peor del amor, del nuevo disco El boulevard de los sueños rotos y Siete crisantemos, dan paso a los sonetos de presentación de los músicos que le acompañan, que, aunque preparados, dan muestra de la complicidad que existe entre estos siete artistas. En ese momento, Sabina abandona por primera vez el escenario y Jaime Asúa demuestra que no ha perdido ese toque rockero que ya mostró en Alarma en la canción que Joaquín compuso con su enemigo íntimo Fito Paez, Llueve sobre mojado, que puso fin a la primera parte más movida del concierto.

Además, mientras el maestro descansaba y dando comienzo a la parte más tranquila del concierto, Pancho Varona se atrevió con Donde habita el olvido, poniéndole un toque ‘blousero’ y Marita Barros con Como un dolor de muelas. Seguidamente, ya con el protagonista principal en el escenario, la corista comenzó con los acordes de Y sin embargo, precedida de la tradicional copla, con una interpretación más que magistral de Barros, y que continuó con el tema del cantautor, sentado en el taburete solo en el borde del escenario. En este momento, el poeta aprovechó para sacar a lucir su ácida prosa y hizo un guiño al respetable premiándoles por ser “mejores que los del día anterior. Los de ayer parecían de Alicante” (en València llevó a cabo dos recitales, uno en domingo y otro en lunes). Asimismo, aprovechó la presentación del siguiente tema Cristales de Bohemia, canción dedicada a Praga, ciudad en la que se compusieron la mayoría de las canciones de Vinagre y Rosas, para explicar que se fue allí con su amigo poeta Benjamín Prado, ya que el vive en una “asquerosa felicidad” con su novia Jimena y no podía escribir (primer problema), pero a su colega le había puesto los cuernos la novia (segundo problema) y tenía mucha rabia acumulada. “Yo estuve quince días en Praga y volví con un disco después de cuatro años de sequía, pero a Benja lo vi el otro día y aún tenía cuernos”, ironizó Sabina mientras reía.

Tras este homenaje a la ciudad checa, el cantante y su corista interpretaron la canción de Magdalena, ella apoyada a una farola vestida con un mini-traje negro y fumando y él simulando ser el cliente enamorado. Dato curioso, pese a haber dejado el vicio del tabaco, Joaquín no pudo evitar dar un par de caladas al cigarro de Marita. Posteriormente, el tema Peces de Ciudad volvió a levantar, esta vez ya casi de forma definitiva, al público de sus asientos y Nos sobran los motivos, que fue toda una declaración del artista de que, de momento, no piensa morirse, tal y como dejo claro. Calle Melancolía, 19 días y 500 noches y Princesa, dieron paso a otro merecido descanso, tanto para el cantante como para el público. Pero, el ‘show’ no paró, porque antes de que transcurriera un minuto, Antonio García de Diego interpretó Amor se llama el juego, como el mismo explicó, para “apaciguar los ánimos” y que la gente que se agolpaba en las primeras filas ocupando los pasillos (la mayoría provenientes del altillo del Palau de Congressos) volviera a sus asientos, por lo menos temporalmente.

Joaquín Sabina volvió al escenario para interpretar Contigo y Vinagre y Rosas. Poco a poco, el cielo que formaba la lona trasera del escenario fue iluminándose para dar paso a la canción Embustera, que destila mucho rock’n’roll, aunque suene a topicazo. En ese momento, los músicos se despidieron, dando por finalizados los ‘bises’. Pero, aún faltaba un poco más de ‘rock sabinero’. No obstante, primero sonaron juntas, como viene siendo habitual en las últimas giras, las dos rancheras que más fama le han dado al poeta jinense: Noches de boda que finalizó con los acordes de Y nos dieron las diez.

En  ese momento, Jaime Asúa cambio su guitarra por su Fender Stratocaster y comenzó la versión más rockera de El Pirata Cojo, con un Joaquín entregado al público y dando unos brincos dignos del mismísimo Mick Jagger. Ya para acabar, ante el asombro de los presentes que no esperaban un recital tan largo, Sabina cogió el bombo y Marita los platillos y simularon un desfile con el tema Pastillas para no soñar, que puso el punto final al concierto y a su estancia en València, además de, si se cumple lo que ha dicho Sabina, la última gira en grandes auditorios del cantautor. Los artistas saludaron a los presentes, mientras de fondo, como no, sonaba el tema Crisis, que los músicos cantaron a gritos, el que más disfrutó fue Pancho Varona, que permaneció casi un minuto despidiéndose de todos y cada uno de los espectadores que se acercaron a darle la mano. Así, con la luz encendida, finalizó el recital. ¿Volverá?

Firmado: Xus Sempere

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