
Ya temíamos que pasarían más de 10 años sin volver a escuchar algo con la fuerza a la que nos acostumbraron estos chicos desde el momento en que, por aquel verano de 2002, sonaba a todas horas su videoclip de ese temazo en el bar de la plaza de mi barrio. Ése fue el justo momento en que Sôber se metió en mis venas.
En sólo cuatro años llegaron hasta lo más alto, coronándose tanto a nivel musical como comercial, triunfando desde el garito más mugriento hasta las impolutas estanterías del top ventas de El Corte Inglés. Ése era su secreto. Se hicieron de oír con el imprescindible Paradÿsso, pero a sus espaldas colgaban ya tres discos que no tenían nada que envidiar a los ritmos que llegaban años más tarde a conquistar hasta la lista de Los 40. Ahí estaba su clave: ni la fama les alteró lo más mínimo, y en cada palabra y en cada riff continuaban sabiendo transmitir ese espíritu y esa fuerza genuinos. En mucho tiempo no hemos vuelto a oír algo parecido.

Fue entonces, tras rizar el rizo, cuando llegó la separación. En 2005, publicaban el álbum recopilatorio que hacía las veces de despedida y agradecimiento. Sus proyectos paralelos, Savia y Skizoo, les reclamaban. Sôber cerraba así un gran episodio en la historia del metal nacional.
Han sido 7 años 7 los que hemos tenido que esperar para volver a respirar olor a Sôber encima de un escenario. Ya en 2010 pudimos disfrutar de una gira “nostálgica” en la que recorrieron el país y parte del extranjero rememorando los grandes temas que les llevaron hasta los altares del rock, y ya abriendo boca con su adelanto Sombras. Sin embargo, fue el pasado martes cuando, tras tanta espera, salió a la venta Superbia (libreto no apto para miopes).
Vuelven con la energía acumulada, con la experiencia de no haber parado quietos, pero las ganas reprimidas de no haberlo hecho bajo el nombre que siempre tuvieron en lo más profundo. El día 13 de mayo, estos muchachos cogen el toro por los cuernos. Mantenedlos bien alto.
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