
“Ab exordio generis humani, ab exordio mundi vitae, a superbia initium, sumpsi omnis perditio”. Con estos versos en latín haciendo vibrar los tímpanos y también las paredes bien podría dar la sensación de que lo que se está presenciando es el fin del mundo, cosa tampoco muy alejada de la realidad, porque dicho coro atronador era la señal de que había terminado algo: la cuenta atrás de nuestra larga espera. De entre la confusión de las ya habituales columnas de humo y reflejos de neón rojo, aparecían tres artistas: los veteranos Bernardini y Escobedo, de espaldas, abrazados a sus respectivas guitarras, así como el jovencito (como sus propios compañeros le llaman cariñosamente) Manu Reyes a las baquetas. Esta apocalíptica escena no podía culminar de otra forma que con la guinda que todo pastel precisa: después del minuto de expectación de rigor, Carlos Escobedo, armado de sus cuatro cuerdas, saltaba (literalmente) al entarimado, corriendo de un extremo al otro y subiéndose por las barandillas que bordean el escenario de la Mirror, con la energía y la ilusión de un animal recién liberado. Así daba comienzo Superbia, así daba comienzo el espectáculo.
Tras la canción homónima de sus recién estrenados disco y gira, llegó Diez años, sin hacerse esperar. Es probablemente uno de sus temas más poderosos aunque sea sólo (que no es poco) por haber sido el detonante que por aquella fecha que dentro de un verano cumplirá precisamente eso, diez años, catapultó a los madrileños a la oportunidad que algo más tarde les consagraría por completo.
A partir de aquí los temas fluyeron, intercalados siempre por las introducciones del siempre atento Carlos Escobedo que con sus continuos comentarios de agradecimiento y devoción consiguió que el público se desbocara coreando su nombre. No fue el único, pues el “¡Ber-nar-di-ni!” también se escuchó esa noche, pudiendo ser el causante del masivo lanzamiento de púas del guitarra. Aunque impávido, como siempre sin atisbo de sonrisa, demostró que desde su sobrio gesto también se esconde un verdadero vuelco en sus seguidores y después de lanzarles las que usó y algunas otras, volvió a salir al escenario tras finalizar el concierto con una caja entera, que regaló desde lo alto para romper con la habitual suerte limitada sólo a los más rápidos.
También cabe remarcar la energía que derrocha por los poros Manu Reyes, que no se deja achantar por la siempre relegada posición del batería y se nota muy calado por el espíritu Sôber, a pesar de haber sido la incorporación más reciente. Tras las once primeras canciones, como ya nos acostumbraron desde la gira del reencuentro, cedió su puesto a Carlos Escobedo, que una vez más nos demostró su auténtica faceta de hombre orquesta: no contento con dominar bajo, guitarra y micro, protagonizó mano a mano con Reyes un poderoso bucle de percusión que parecía no tener fin. Así nos deleitaban con una espectacular improvisación sobre el tema Fortuna, fama o placer, cierre del nuevo disco.
Como en los conciertos se está tanto para lo bueno como para lo malo, no me olvidaré de mencionar la desafortunada actuación de Jorge Escobedo, que empezó a tope, con unos movimientos y una actitud que demuestran de quién es hermano y, sin embargo, a partir de la cuerda que se le reventó apenas 15 minutos después del inicio y fastidió una de las estrofas musicales de Eternidad, pareció venirse un poco abajo sin saber disimularlo. Según pasaban las canciones se le veía más decaído y cansado, e incluso su hermano le dedicaba miradas cómplices en momentos en que su confusión se agudizaba y le hacía fallar en las notas correctas. Teniendo en cuenta las ganas que derrochaba al comienzo del espectáculo, esto fue un considerable bajón, pero sus compañeros supieron cómo dar más de sí para reequilibrar la balanza del conjunto.
El acierto con el que suelen contar los directos de Sôber es que, así como otros grupos, especialmente cuando cuentan con un disco recién parido, caen en el error de centrarse en exceso en los temas nuevos, ellos saben cómo calibrar a la perfección ese equilibrio entre mostrar cómo suena lo último más allá de nuestro reproductor sin por ello olvidarse de devolver a la vida a los cortes que les encumbraron e hicieron crecer, tanto a la banda como a nosotros. El del viernes fue un ejemplo más de esa personalidad, pues disfrutamos de hecho de once canciones antiguas frente a los ocho cortes pertenecientes a Superbia, alternándose entre ellas adecuadamente para construir un setlist casi perfecto.
Además del tema cronológico, existe también otro tipo de equilibrio que Sôber sabe cómo seguir, puesto que su directo está repleto de altibajos que van desde los solos interminables y los estribillos más frenéticos hasta momentos acústicos como el que pudimos disfrutar allí, cuando los componentes abandonaron el escenario para dejar a Carlos solo ante el público, con la única compañía de una preciosa guitarra acústica y una banqueta. Para mi gusto, este tipo de intervenciones suelen suponer un corte de rollo importante, sobre todo cuando se trata como fue de un tema como Náufrago, digno de la peor de las depresiones post-relación rota. Pero también es verdad que yo es que no soy mucho de baladas, de modo que no me hagan caso, porque lo que es cierto es que se creó un momento más relajado después de tanto sudor, bote, cabeceo y cuernos en alto.
En cuanto a esto último de los saltos y demás, debo destacar que Loco personalmente me parece de lo más especial. Ellos supieron rescatar este tema del que fuera su segundo disco, Morfología, hasta el punto de convertirlo en el cierre habitual de sus directos; y yo considero espectacular el cambio que puede darse en una misma canción que, escuchada en casa me deja fría y hasta me resulta cansina, y en directo me vuelve… pues eso. En este caso, cuando ya parecía que se despedían, rompió de nuevo el silencio Sombras, brillante tema que significó hace algo más de un año el primer latido de la resurrección de Sôber. Exagero bastante al decir lo de “romper el silencio” ya que prácticamente no existió en las dos horas que duró la actuación: incluso en los dos pequeños intermedios, el público no paró de caldear la sala, y los madrileños supieron cómo responder a sus expectativas.
Setlist Sôber, 3 de junio de 2011 (Valencia)
1.- Superbia (Superbia, 2011)
2.- Diez años (Paradÿsso, 2002)
3.- Caída libre (Morfología, 1999)
4.- Eternidad (Paradÿsso, 2002)
5.- La nube (Reddo, 2004)
6.- Umbilical (Superbia, 2011)
7.- Blanco y negro (Reddo, 2004)
8.- La araña (Superbia, 2011)
9.- Paradÿsso (Paradÿsso, 2002)
10.- Fantasma (Superbia, 2011)
11.- El hombre de hielo (Reddo, 2004)
12.- Fortuna, fama o placer (Superbia, 2011)
13.- Náufrago (Superbia, 2011)
14.- Cubos (Morfología, 1999)
15.- Oxígeno (Synthesis, 2001)
16.- Arrepentido (Paradÿsso, 2002)
17.- Tic tac (Superbia, 2011)
18.- Loco (Morfología, 1999)
19.- Sombras (De aquí a la eternidad, 2010)
Fotos: Jorge Ros


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