
Cuatro días cuatro han sido los que hemos aguantado capeando un sol de justicia a base de sudor y lágrimas. Que no se confunda semejante introducción con una propuesta de ocio basada en la tauromaquia, nada más lejos de nuestro concepto de la cultura, pues no hablamos de plaza sino de playa y no de cornadas sino de conciertazos. Dos palabras que, tal y como se publicitaba, han sido la base de la segunda edición del festival más joven de la multitud de ofertas que ya superpueblan nuestras agendas veraniegas y nuestros campos huertanos: hasta el año que viene, Arenal Sound.
Como ya comentaba la camaraden Luci, si el Desperados fue el escenario de los pequeños grandes, el Legendario fue la cuna de los medianos enormes. Decisiones de distribución poco acertadas, que sonaron casi a broma en ejemplos como La Habitación Roja o Layabouts. Más allá del extrañamiento primero al ver los horarios, tras cada uno de los conciertos ocurridos sobre esas tablas, se confirmó por completo el auténtico mérito de todos ellos, y el público allí presente fue el mejor juez, sentenciando en no pocos casos un “¡escenario prin-ci-pal!” a voz en grito, que es como se manifiesta el populacho.
En la misma línea, tuvieron lugar actuaciones de incomprensibles treinta minutos escasos, que dejaron a artistas del potencial de Polock, Twelve Dolls o Miss Caffeina con el verso en la boca: el espacio de escenarios compartido no perdonaba. La puntualidad, sin embargo, ha sido la otra punta del iceberg, pues la rigurosidad en el cumplimiento de los horarios ha sido brillante.
Unos gigantes Supersubmarina daban caña a las primeras horas de vida del escenario Legendario. Concierto que, si bien no contó con la magia de la nocturnidad a su favor, supo cómo poner fin a las últimas horas de sol del jueves, con especial mención a una apertura y cierre impolutos, despuntando los dos extremos de la actuación mediante la fuerza de, en primer lugar, la nueva Kevin McAlister y, como colofón, la clasiquísima Cientocero, incapaz ninguna de ellas de permitir que una sola mano quedase pegada al tronco.
El viernes fueron Dinero los que abrían la tarde con un espectacular directo que sorprendió para bien a muchos que hacían su primera escucha de los madrileños que, a pesar de contar con tan sólo un disco de estudio, saben cómo conectar con el público desde el minuto en que se lanzan (literalmente) al escenario. Vibraciones como las que transmitieron aquella tarde les han hecho llegar en apenas cuatro años de andadura a telonear a enormes como Foo Fighters.
El mismo día, algunas horas más tarde, se producía lo que para muchos resultó una desdicha convertida en acierto. Como (desafortunadamente) en más de un caso a lo largo de estos cuatro días sucedió, las pantallas ni siquiera se iluminaron anunciando la repentina cancelación de un artista. Eran las 21:40 y algunas decenas de personas se acomodaban ya en primera fila expectantes de cara al concierto de Tulsa. De repente, cuatro desgarbados mozos salieron a escena y probaron durante unos minutos sus instrumentos. Algo de confusión, “bueno, serán los siguientes, que prueban ahora“, pensamos algunos. Tocaban las 10 en punto cuando lo temido se hacía real: los escuálidos muchachos volvieron a la carga y abanderados por un “Buenas noches peña, somos los Nastys y venimos del Caribe ¡¡Uaaaaaaaurgh!!” daba comienzo la sorpresa más bipolar de la noche. Nadie sabía quiénes eran aquellos punkis al más puro estilo movida ochentera, pero los que coreaban al final de su primera canción un indignado “Tulsa Tulsa Tulsa” no tuvieron más remedio que tragarse sus palabras ante respuestas escupidas por el vocalista. Sus “Hemos secuestrado a Tulsa, ¡me cago en la puta!” o “¡Los Tulsa están en la Union Soviética!” unidos al postpunk mezclado con rock americano cincuentero mezclado con diossabequé dejó más que clara una actitud tras los instrumentos irresistible, consiguendo que hasta aquellos que en la primera canción reclamaban a Tulsa se olvidasen de a quién habían venido a ver y hasta de quién les había parido. Lo dicho, sublime sorpresa.
Tras el alto listón de estos inesperados, llegaron los Twelve Dolls para no dejar que decayera, ofreciendo un directo, como se ha dicho ya, digno de escenario principal. Una hora perfecta, las 00.00, les tocó en suerte como inicio, marcada sin embargo por la maldición de la competencia del principal: sólo treinta minutos tenían para convencer a aquella marabunta de quedarse a disfrutar de su Graso en lugar de correr a por los codiciados primeros lugares frente a nada más y nada menos que los cabeza de cartel, Scissor Sisters. Y, con dos cojones y un micro, ahí los aguantaron, hasta consiguiendo un “Otra, otra” que llenaron con un obsequio en forma de nostalgia: una canción de su original etapa cantando en inglés. Muy a destacar la brutalidad en directo de su tema Mockba, o cómo mover a cientos de personas con una instrumental en vivo.
Ya el sábado, The Welcome Dynasty pelearon a las siete de la tarde con uno de los también mal colocados en el Desperados: sus paisanos Doctor Pitangú les robaban allá por el Beach Club a una gran multitud de gente enloquecida con la tónica más cuarentaprincipalera que, junto a grupos como Pol 3.14, se vio en Burriana. Horas más tarde, serían los grandes Miss Caffeina uno más de los tocados por la maldición de la media hora, dejando fuera de su setlist grandes temas como La guerra (quizá una cuestión personal) pero exprimiendo de forma astuta su tiempo, metiendo tras la gran ovación final dos temas más que mantuvieron en vilo al público hasta el último segundo precedente a Delorean en el principal.
El domingo, por todos conocido como “el día rumbero”, fue para muchos motivo de abandono del festival y, por contra, para otros el apocalipsis perfecto para aquella serie de días de música incesante. Cinco fueron los encargados de llenar el Legendario de siete a tres. Las combinaciones imposibles se sucedían, pues siempre son este tipo de estilos los que reúnen a más cantidad de distintos instrumentos unidos sobre un mismo escenario, y el mestizaje iba trazando lo que sería casi el hastaluego de esta edición. Especial mención a los últimos coletazos del festival, no por ello vacíos de movimiento y sudor sin fin, de la mano de grupos autóctonos como El Tío La Careta, que supieron cómo exprimir la horaza que se les concedió, lanzando mensajes de complicidad (devueltos después) hacia sus inmediatos sucesores en el principal, también paisanos, La Rana Mariana.
En definitiva, un escenario que, formado en pequeños batallones, ha sabido cómo usar sus cartas en la lucha por compartir espacio con un potente principal ¿invencible? No. Igualado. Y, en muchos casos, superado con méritos.
Grande Legendario.
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