
Llegó el 14 de enero y desde buena mañana un aura de efervescencia me cosquilleaba las orejas. Esa noche tocaba concierto y encima no uno cualquiera. Después de calzarme las botas de batalla busqué al compadre para que se trajese su cámara nuevecita y a la Rock City que nos fuimos. Llegamos pronto, con la litrona y el durum bajo el brazo y con algún que otro percance relacionado con la intrincada red de caminos que atraviesan l’Horta valensiana. Cenamos con tranquilidad acompañados por unos colegas de muy buena saña que conocimos allí y que compartieron gustosos sus refrigerios con nosotros, un saludo al Álex y a la Pili desde aquí.
A treinta minutos de la hora señalada nos sacudimos las migas de la chaqueta y nos decidimos a entrar (grata experiencia esa de ver tu nombre en la lista de acreditados), nada más abrir la puerta nos recibió el sonido vivaz de la dolçaina de Obrint pas con un volumen que fomentaba la conversación. Aunque era aún pronto, en la sala ya se empezaban a observar los primeros signos de abarrotamiento, cerveza derramada y algún que otro pisotón criminal. Nada extraño sabiendo que para el concierto se habían vendido más de 400 localidades.
Pasada media hora, la música ambiente descendió hasta desaparecer y se empezaron a escuchar los primeros gritos de entusiasmo y silbidos del público, a esa hora ya ansioso. La sangre se concentraba con las piernas preparadas para el primer salto, pero no, en vez de eso, vino la calma precediendo lo salvaje. La luz se atenuó dejando casi en completa oscuridad el escenario y el rasgueo de guitarra se hizo inconfundible, eran los acordes de Poca luz, la canción que cerraba el primer disco del grupo, allá por el 92 y bastante cambiada para esta nueva era de Txarrena.
Entonces apareció como si de un espectro se tratara El Drogas, haciéndose corpóreo entre la oscuridad y el humo. Pertrechado con sombrero de copa, gafas de sol redondas y la acústica al hombro, interpretaba él solo la melodía. Una milésima de segundo de silencio y el público empezó con los vítores y los aplausos. La canción marchó en esta conyuntura hasta la mitad, donde aparecieron los otros tres miembros del grupo, el Flako al bajo, Txus Maraví a la guitarra y a la batería una nueva incorporación, Josu Erviti, en sustitución de Brigui Duque, ya que éste tiene que atender su gira con Koma. Se rompió así la atmósfera para pasar a los decibelios, mostrando la contundencia de lo eléctrico, pues ya había ganas de encabronarse. Y tal como apetecía se precedieron las siguientes dos canciones, sin respiro, Salvaje mirar y Así, con un ritmo desbocado para ir entrando en calor.
Primeras presentaciones y referencias del Drogas a su edad, aunque viéndolo en el tablao a nadie podía engañar, le sobra la energía. Era momento de recuperar la compostura y dar tiempo para apurar el último lingotazo, ya que corría serio peligro entre las sacudidas de la gente. Tres canciones con aire más intimista dieron esa ocasión de ponerse un tanto sentimental, El charco, Dime cómo besas y Todos los gatos, reflejos de desventuras y sumisión de las emociones donde la gente, una vez rota la escarcha de los primeros minutos, empezó a empatizar con la banda.
Después de los dos temazos siguientes, Déjalo, muñeca! y Pelea de barro que volvieron a avivar la llama, vino un guiño a antiguas aventuras del Drogas con la canción Cerocomasiete un tema incluido en el disco La venganza de la abuela, un proyecto alternativo con nombre homónimo que nació de la fusión de éste con la banda pamplonica Konfusión y que no tuvo la acogida que se mereció por la poca difusión del disco cuando salió en el 1998.
Durante una breve pausa, tras un pequeño desliz en la letra con la canción Quiero que, donde el público supo suplir con creces la equivocación, El Drogas aprovechó para decir unas palabras para disculparse y de paso para presentar el siguiente tema, palabras en las que algunos creímos ver algún halo de nostalgia. No costó reconocer el tema Sólo quiero tu boca, aclamado éxito de Barricada elaborado para la gira Otra noche sin dormir que organizó la banda junto a Rosendo y Aurora Beltrán en 2008, y que El Drogas debió meter en la maleta antes de pirarse. Resultó un detalle agridulce, porque aunque estábamos absortos en lo que se desataba ante nuestras narices, a la mente no se le olvidó recordarnos lo que ya no existe.
Después de este guiño, la tensión del concierto no descendió en ningún momento, canciones como Todo lo enamora, Ella no para o Con tu piel dieron la nota sentimental en los minutos siguientes, para pasar a continuación otra vez a la tralla, con Nos queda poco tiempo, canción en la que el Drogas se atavió con sombrero y máscara para cantar, Estos clavos, Piel de gato y Directo a la cabeza. La disposición de las canciones te hacía pensar en todo el proceso de planificación al escoger el orden, ya que daba la sensación de estar en una atracción, con constantes subidas y bajadas de ritmo.
De nuevo retrospectiva con la canción Fue 24D…y qué?, otra canción de La venganza de la abuela que recordaba a la época más reivindicativa de Barricada, para a continuación meternos ya en la recta final con las canciones que se guardaban en el bolsillo y que el público esperaba. Enlazaron El peldaño más cercano, El fuego de la tarde y Algo más que su cariño, para disfrute del público, que sabía que esto se iba terminando y quería estrujar al máximo el tiempo que quedaba. La locura estaba alcanzando su cénit y algún que otro fan enfervorizado intentó subirse al escenario con escaso éxito hasta que por fin auparon a uno que una vez arriba se abalanzó sobre sus colegas, fue una ocasión para pensar cuán cabrones pueden llegar ser, hasta el punto de apartarse cuando esperas que te hagan de colchón. Siguiendo con el repertorio, ahora era el momento del lobo, y no me refiero al turrón, si no a la canción El lobo feroz donde la indumentaria del Drogas característica de este tema ya se ha hecho famosa, más que por el hecho de que se ponga una máscara de lobo (obvio) en sí, es por lo fascinante que resulta verlo cantar a través de ella, teniendo en cuenta que cubre toda la cabeza. Siguió con Algunas cosas por terminar, canción que suena a despedida para pasar directamente a Frío, la famosa canción de Manolo Tena con el grupo Alarma, versionada por Txarrena en su primer disco. Aquí el grupo entregó gran parte del protagonismo al público, haciéndole partícipe del desarrollo de la canción y que nos sirvió a muchos para desquitarnos y empezar a ronquear de tanto alarido. Nada sin ti cerraba el setlist antes de los bises, canción idónea para agradecer a los asistentes su presencia.
Pasaron apenas cinco minutos cuando apareció Txus Maraví, ya sin camiseta, tocando los acordes de la canción Otro corazón, seguido por el Drogas que había cambiado de atuendo. Interpretaron esta canción los dos solos, tan sólo voz y guitarra, sin ningún artificio. Todos éramos conscientes que aún quedaban Empujo pa’ki y el esperado Azulejo frío, canción con la que cerraban el concierto y con la cual supieron regalarse, alargando el final bastante más de lo normal para que la satisfacción de los que estábamos abajo fuera ya completa.
Al terminar el concierto, allí mismo en la Rock City, se celebraba la fiesta Maldito Records para quienes aún teníamos ganas de farra. Por los altavoces sonaron canciones de los grupos de dicha discográfica, tales como The Kluba, El Último Ke Zierre, Lendakaris Muertos, The Toy Dolls o No Relax, además de entregar con cada consumición un regalo de entre una suerte de artículos como pósters, CD’s o pañuelos, relacionados con la discográfica y los grupos.
La verdad es que es una gozada ver a Txarrena en directo, y lo digo con la máxima objetividad que me permite mi condición. Por un lado la técnica de Txus Maraví, que se pasea por las seis cuerdas como si fueran una extensión de su propia anatomía, realizando un trabajo impecable llevando el peso de la melodía y a la vez lidiando con los punteos enloquecidos de los solos. Por otro la actitud del Flako, que con diferencia fue el que más trasmitió con la peña, regalando púas casi a cada canción y sin negar ni un solo choque de manos. Todos estábamos expectantes por aquel tipo misterioso que parecía esconderse entre los platillos, y es que el listón dejado por Brigi era muy alto, pero menos los nervios que trasmitía por la rigidez de su expresión, el sonido que despedía la batería se asemejaba al estruendo de un ejército listo para la batalla, con gran potencia y alguna que otra filigrana que nos dejó alucinados. Y qué decir del Drogas, algunos, entre los cuáles un servidor no se incluye, estarán más o menos acostumbrados a verlo en los directos y aun así estoy seguro que nunca dejará de sorprenderles. Como ha dicho en miles de entrevistas ante la pregunta de cómo se encuentra ahora que no sostiene el bajo, comenta que no se siente nada incómodo, todo lo contrario. Gran aficionado a la farándula y la puesta en escena de las obras teatrales, ahora tiene la ocasión perfecta para dar rienda larga a su imaginación y convertir un concierto de Txarrena en toda una representación. La utilización de máscaras, la incorporación del bastón a su arsenal de trucos, que por cierto, blandía con acurada precisión aunque en algunos momentos sentías la necesidad imperiosa de apartarte cuando lo enarbolaba por encima de la cabeza, y la desenvoltura que mostraba con el pie de micro nos mostró esa faceta suya que anclada a un bajo sólo se podía entrever.
Texto: Borja Nebot
Fotografía: Fernando Ribera
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