
Creo que todos estaremos de acuerdo en que da especial gusto comprobar, tras un concierto del que te esperas mucho, que tus expectativas han sido superadas con creces. Pues bien, esa sensación tuvimos el pasado sábado 19 cuando Wyoming y su banda apagaron los amplis y se retiraron del escenario tras desgranar con mucho fundamento clasicazos del rock de todos los tiempos.
Pero empecemos por el principio. Con una Sala Matisse que presentaba poco más de media entrada (¡maldita crisis!) saltaba al escenario el Gran Wyoming arropado por su banda, nada insolvente por cierto. Un Wyoming que demostró ir sobrado de tablas, manejando el concierto a su antojo mientras cantaba, se movía, saltaba y tocaba su Gibson Les Paul de una forma más que correcta. Y no contento con eso, también amenizaba los espacios entre canción y canción con divertidos comentarios y chascarrillos. Todo un showman. A su lado, los chicos de Última Experiencia, quienes nos dejaron claro desde el inicio del show que son unos muy buenos músicos con un feeling y una potencia digna de las mejores bandas de rock de los 60 y 70.
Todo ello, sumado a que el público venía con ganas de pasarlo bien y rocanrolear, propició que durante unas horas dejásemos los problemas en la puerta de la Matisse y nos dedicásemos sólo a disfrutar de un repertorio plagado de auténticos himnos. Así, sonaron temas más modernos como el Are you gonna be my girl de Jet o All Stars de Smash Mouth junto a imprescindibles españoles como el Maneras de vivir de Leño, Agradecido de Rosendo o Bailaré sobre tu tumba de Siniestro Total. Sin embargo, la palma se la llevaron las versiones de artistas anglosajones, desde Chuck Berry a Dylan pasando por Nancy Sinatra y su sempiterna These boots are made for walking, los Who, Rory Gallagher (“el Rosendo irlandés”, gritaron entre el público) o Frank Zappa (pública es la admiración de Wyoming por el genio norteamericano, a quien estaba dedicada la correa dela Les Paul). En definitiva, una noche de sudor, rock y cerveza para quitarse el sombrero.
Fotos y texto: Bernardo Tomás
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