
Si algo debemos agradecerle a Spotify por clasificar este disco de los Gemini Five como el primero de los valencianos Babylon Rockets es que el sábado entrásemos a la Wah Wah con una referencia fail de lo que hacían estos mozos. Porque vaya telita, qué sorpresón. Lo allí escuchado no sólo superaba con creces lo que traíamos mal aprendido (que me perdonen los Gemini Five, pero ni su versión de You spin me round me ganó) sino que, ahora que escucho su recién parido Electric Fuel, me doy cuenta de que si una ventaja clara tienen los Babylon es que una vez los presencies, no querrás volver a escucharlos en casa. Creedme, esto no es malo, es como no ser fotogénico: siempre es mejor ser guapo en vivo y en directo.
Es difícil no conseguir esto cuando se unen dos factores maravilla: que la combinación de los ritmos y las melodías tenga un perfecto broche de actitud rockera, de la cual a día de hoy mucho se presume pero no siempre se demuestra; y lo segundo y más importante, que este peso no se deje caer únicamente en el frontman como líder de la banda, sino que, mires a donde mires, siempre haya un cogoteo en acción, desde el guitarra solista hasta el de los teclados —mención especial precisamente en este caso para Kiko “Suzuki” a las teclas, todo un rocker showman del que ya disfrutamos el pasado viernes con su participación en la Kraken Roll Band.
Una vez mantenida esta coordinación, sí que hay que sacar un poco el pecho cantor y dar el paso adelante para que se note que la posición del que no se oculta tras un instrumento es siempre la más arriesgada de mantener. En ese sentido, Dany puede estar muy orgulloso de haber aguantado el listón alto y subiendo durante toda la actuación, que terminó descamisado, sudado a más no poder y agradeciendo visiblemente emocionado la asistencia de todos los presentes, que progresivamente habían llenado la sala otorgando su tiempo cervecero pre-cabeza de cartel a unos teloneros que, repasando prácticamente enteros sus dos álbumes, fueron la delicia tanto de los fieles como de los que los descubríamos en ese instante sin expectativa alguna. Entramos ignorantes y salimos poco más y con medio stand del merchandising encima.
Se apagaron las luces y subió el ya conocido por todos roadie de Uzzhuaïa con su inseparable escoba, preparando el ring para la batalla. Tras él, Jose, el batería se aposenta majestuoso luciendo con orgullo la camiseta de los teloneros. Uno tras otro, aparecen guitarra, bajo y al primer paso sobre las tablas del segundo guitarra ya aporrean los primeros acordes del himno Baja California; instantáneamente, siguiendo el inicial Yeeeeeeah se sube Pablo, completando la formación y dando por comenzado el espectáculo.
En cuanto terminamos de escuchar la primera de su repertorio, nos damos cuenta de que con el relevo de grupo (además del cigar+lata+riuá de rigor) se ha producido un mágico cambio en la calidad del sonido, dándole a Pablo una ventaja vocal que el pobre Dany tuvo que currarse mucho más, todo hay que decirlo.
Repasaron prácticamente enteritos el brutalísimo Destino Perdición y su último trabajo, 13 veces por minuto, responsable del nombre de la gira y de esa inmensa bandera con el eslogan «13vxm» que les respalda desde que saliese el álbum a la venta hace ya dos años. Quizá se echó en falta alguna que otra cover habitual, como su abanderada interpretación de La chispa adecuada, pero compensaron recuperando grandísimos cortes de los discos iniciales, como No intentes volver atrás. A destacar el calor del público en temazos absolutos como No quiero verte caer, Blanco y negro o Desde septiembre. Momentos sentimentales también con las lentas Magnífico fracasado o La otra mitad con Pablo a la acústica; así como homenajes, por un lado a la recién cerrada sala como no podía ser de otra manera con Durango, por otro al siempre recordado Gonzalo Parreño, con la consecuente lata rápida bebida antes de brindarle 13 veces por minuto al que fuera su amigo y productor.
Cuando ya se largaban, la multitud pidió más Uzzhuaïa y más Uzzhuaïa tuvimos: al minuto volvían a subirse al escenario para no dejar sin respuesta las voces que llevaban más de medio concierto solicitando el «ahora o nunca» de Nuestra revolución.
Y vaya si lo fue. Como siempre: viva y bravo.
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